lunes, 10 de julio de 2017

El día que nunca olvidaré.

Es julio de 2014 y estoy en situaciones poco comunes. Llevo desde enero en un largo y –al parecer- eterno  periplo por lograr emplearme luego de un fallido intento empresarial con un socio, de una experiencia que prefiero no recordar ahora. El hecho es que sin ingresos seguros y sólo esporádicos por algunas gestiones comerciales, estoy enfrentando con dificultad la mala costumbre de alimentarme y vivir con mi familia bajo un techo que nos cobije…

Recibo ayuda, es cierto. Pero no sólo eso me tiene incómodo, sino también algunos aspectos físicos. Yo, que nunca he tenido dificultades de salud, parece que empiezo a coleccionar sucesos desconocidos. He sentido una molestia en la axila izquierda que, aún siendo reacio, me obliga a ir a un médico. Como no los frecuento, sólo escojo por cercanía y costo. Me atiende una doctora extranjera, ya ni recuerdo su origen pero tenía claramente un rítmico hablar de otro país, quien indica que tengo un furúnculo, recetando calor local y antibiótico para tratarlo. Sigo sus instrucciones pero a un par de días de no sentir mejoras, veo que la situación es peor. La molestia continúa, parezco tener más infectada la zona y aún más, el brazo es una mala copia de Popeye: tengo hinchado -pero no el antebrazo- y siendo de flacas extremidades, la imagen emula malamente a aquel personaje adicto a las espinacas.

Lo barato sale caro, es la reflexión que se me ocurre. Supongo que las instrucciones de la  profesional de rítmico hablar no eran las adecuadas, y acudo a una clínica que  según mi plan de salud es mi prestador preferencial. El médico, esta vez nacional, desestima el tratamiento propuesto por la colega y sugiere internarme e intervenir para desinfectar, tratar con antibiótico más potente, y posteriores curaciones. El pudor propio por la situación laboral disfrazada de un “no puedo internarme, soy independiente” hacen que el profesional me sugiera hacerlo ambulatoriamente, sometiéndome a lo que consideré en ese momento -y hoy por cierto- el mayor dolor físico que he sentido. Una afanada enfermera atraviesa la zona afectada con un certero pinchazo para depositar la anestesia del procedimiento, abre un tajo para evacuar la infección y se da a la tarea de apretar con un fervor casi religioso, como si en mi interior se hubiera acumulado la maldad misma. Era tanta la presión de sus dedos que a pesar de haber soportado tantos dolores físicos en variedad de accidentes de mi vida, insistí en que aplicara más anestesia, sumando entonces más dolor con nuevos y certeros pinchazos en la zona que acumulaba los demonios. El exorcismo funcionó y eliminó la maldad personificada en esa  infección, dejándome con un vendaje incómodo, propio de la zona axilar, abarcando también el hombro.

No obstante aquello, pasaré un par de noches incómodo y afiebrado, ignorando si era consecuencia de lo anterior. Sin embargo la vida continúa, con sus reuniones e intentos de conseguir negocios por esa comisión que ayude a afrontar la situación, escuálida, como parecía también la salud. En paralelo y hace unos días, estaba iniciando también un tratamiento de conducto en un diente frontal, y amanezco un día con el lado izquierdo de la cara hinchada. Protagonizo un par de reuniones con asimétrico rostro, el cual supongo que se vio afectado por el tratamiento en cuestión. Acudo un viernes al dentista que revisa y me saca del error, ese procedimiento no me ha afectado sino que se debe a una infección molar que deriva en la extracción de esa pieza. Durante un par de horas mordiendo algodón realizo trámites y me movilizo, pero el cambio constante de algodones carmesí acusan que no hay cicatrización en el sitio donde se libró la lucha extractora. Llamo por teléfono al centro dental que me liberó del molar pero ya en la tarde no trabajan, me recomiendan acudir a otro dentista y así llego a un centro cercano, para desvanecerme mientras espero atención. Algo definitivamente no anda bien. Reincorporado luego de beber agua con azúcar, el dentista me revisa y asombrado porque no hay cierre de la herida, decide suturar, practicando sus dotes costureras en la zona, dejándome de recuerdo un arrollado propio en la encía, e indicaciones de coagulante para acelerar el cierre.

No mejora la situación el sábado, que continúo vaciando flujo sanguíneo en sendos algodones, mientras el resto del día lo vivo en calidad de bulto. El tipo que nunca enferma, está débil.

Y así llegó ese día, el domingo  13 de julio de 2014. El día que nunca olvidaré. Se juega la final del Mundial de fútbol entre Alemania y Argentina, mi país de nacimiento. El coagulante que no funciona, y comer sólo papilla pues sigo aferrando algodones en el espacio que dejó libre aquella muela. Sopa y líquidos nada más, mientras pasan 90 minutos sin goles y se van al alargue. Comparto con los jugadores el cansancio, aunque no estoy presente en ese juego, y todo indica que estoy jugando mi propio partido. Viene el alargue y en el minuto 113 la pelota aterriza en el pecho del alemán que logra extender la pierna y empujarla para convertir el gol que nos deja perplejos. Tenemos 7 minutos para al menos igualar y prolongar aunque sea un poco más, desde el punto penal, las ganas de revertir el resultado. No ocurre, y abatido, cansado como si hubiera corrido esos 120 minutos de juego, me retiro a descansar, a tratar de recuperar esa energía que hace días parece irse de a poco.

Nunca olvidaré ese día. Tampoco el siguiente, cuando me diagnosticaron leucemia.

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