Es julio de 2014 y estoy en
situaciones poco comunes. Llevo desde enero en un largo y –al parecer- eterno periplo por lograr emplearme luego de un
fallido intento empresarial con un socio, de una experiencia que prefiero no
recordar ahora. El hecho es que sin ingresos seguros y sólo esporádicos por algunas
gestiones comerciales, estoy enfrentando
con dificultad la mala costumbre de alimentarme y vivir con mi familia bajo un
techo que nos cobije…
Recibo ayuda, es cierto. Pero no
sólo eso me tiene incómodo, sino también algunos aspectos físicos. Yo, que
nunca he tenido dificultades de salud, parece que empiezo a coleccionar sucesos
desconocidos. He sentido una molestia en la axila izquierda que, aún siendo
reacio, me obliga a ir a un médico. Como no los frecuento, sólo escojo por cercanía
y costo. Me atiende una doctora extranjera, ya ni recuerdo su origen pero tenía
claramente un rítmico hablar de otro país, quien indica que tengo un furúnculo,
recetando calor local y antibiótico para tratarlo. Sigo sus instrucciones pero
a un par de días de no sentir mejoras, veo que la situación es peor. La
molestia continúa, parezco tener más infectada la zona y aún más, el brazo es
una mala copia de Popeye: tengo hinchado -pero no el antebrazo- y siendo de
flacas extremidades, la imagen emula malamente a aquel personaje adicto a las
espinacas.
Lo barato sale caro, es la
reflexión que se me ocurre. Supongo que las instrucciones de la profesional de rítmico hablar no eran las adecuadas,
y acudo a una clínica que según mi plan
de salud es mi prestador preferencial. El médico, esta vez nacional, desestima
el tratamiento propuesto por la colega y sugiere internarme e intervenir para
desinfectar, tratar con antibiótico más potente, y posteriores curaciones. El
pudor propio por la situación laboral disfrazada de un “no puedo internarme,
soy independiente” hacen que el profesional me sugiera hacerlo
ambulatoriamente, sometiéndome a lo que consideré en ese momento -y hoy por
cierto- el mayor dolor físico que he sentido. Una afanada enfermera atraviesa
la zona afectada con un certero pinchazo para depositar la anestesia del procedimiento,
abre un tajo para evacuar la infección y se da a la tarea de apretar con un fervor
casi religioso, como si en mi interior se hubiera acumulado la maldad misma.
Era tanta la presión de sus dedos que a pesar de haber soportado tantos dolores
físicos en variedad de accidentes de mi vida, insistí en que aplicara más
anestesia, sumando entonces más dolor con nuevos y certeros pinchazos en la
zona que acumulaba los demonios. El exorcismo funcionó y eliminó la maldad personificada
en esa infección, dejándome con un
vendaje incómodo, propio de la zona axilar, abarcando también el hombro.
No obstante aquello, pasaré un
par de noches incómodo y afiebrado, ignorando si era consecuencia de lo
anterior. Sin embargo la vida continúa, con sus reuniones e intentos de
conseguir negocios por esa comisión que ayude a afrontar la situación, escuálida,
como parecía también la salud. En paralelo y hace unos días, estaba iniciando
también un tratamiento de conducto en un diente frontal, y amanezco un día con el
lado izquierdo de la cara hinchada. Protagonizo un par de reuniones con asimétrico
rostro, el cual supongo que se vio afectado por el tratamiento en cuestión. Acudo
un viernes al dentista que revisa y me saca del error, ese procedimiento no me
ha afectado sino que se debe a una infección molar que deriva en la extracción de
esa pieza. Durante un par de horas mordiendo algodón realizo trámites y me
movilizo, pero el cambio constante de algodones carmesí acusan que no hay cicatrización
en el sitio donde se libró la lucha extractora. Llamo por teléfono al centro
dental que me liberó del molar pero ya en la tarde no trabajan, me recomiendan acudir
a otro dentista y así llego a un centro cercano, para desvanecerme mientras
espero atención. Algo definitivamente no anda bien. Reincorporado luego de
beber agua con azúcar, el dentista me revisa y asombrado porque no hay cierre
de la herida, decide suturar, practicando sus dotes costureras en la zona, dejándome
de recuerdo un arrollado propio en la encía, e indicaciones de coagulante para
acelerar el cierre.
No mejora la situación el sábado,
que continúo vaciando flujo sanguíneo en sendos algodones, mientras el resto
del día lo vivo en calidad de bulto. El tipo que nunca enferma, está débil.
Y así llegó ese día, el domingo 13 de julio de 2014. El día que nunca
olvidaré. Se juega la final del Mundial de fútbol entre Alemania y Argentina,
mi país de nacimiento. El coagulante que no funciona, y comer sólo papilla pues
sigo aferrando algodones en el espacio que dejó libre aquella muela. Sopa y
líquidos nada más, mientras pasan 90 minutos sin goles y se van al alargue.
Comparto con los jugadores el cansancio, aunque no estoy presente en ese juego,
y todo indica que estoy jugando mi propio partido. Viene el alargue y en el
minuto 113 la pelota aterriza en el pecho del alemán que logra extender la
pierna y empujarla para convertir el gol que nos deja perplejos. Tenemos 7
minutos para al menos igualar y prolongar aunque sea un poco más, desde el
punto penal, las ganas de revertir el resultado. No ocurre, y abatido, cansado como
si hubiera corrido esos 120 minutos de juego, me retiro a descansar, a tratar
de recuperar esa energía que hace días parece irse de a poco.
